De compres

Acabé la copa y luego me bebí lo que quedaba de la botella. Estaba en Playa del Rey. Me desnudé, dejando mi ropa en un montón descuidado sobre el sofá. Nunca había sido un elegante. Mis camisas estaban todas gastadas y deshilachadas, viejas de cinco o seis años, pasadas de moda. Lo mismo ocurría con mis pantalones. Odiaba las tiendas de ropa, odiaba a los empleados, actuaban como seres superiores, parecía que conocieran el secreto de la vida, tenían confidencias que yo desconocía. Mis zapatos estaban siempre viejos y rotos, también me disgustaban las zapaterías. Nunca compraba nada hasta que no tenía más remedio que sustituirlo, y eso incluía los automóviles. No era una cuestión de ahorro, simplemente no podía aguantar la idea de ser un comprador necesitando un vendedor, un vendedor siempre tan guapo, sabio y superior. Aparte, te robaba tiempo, tiempo que podías utilizar haraganeando o bebiendo.

Charles Bukowski, “Mujeres”. Trad. Jorge Berlanga.